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Pasado algn tiempo, ni rastros quedaban de estas vanas conjeturas, y Tristana, en opinin del vulgo circunvecino, no era hija, ni sobrina, ni esposa, ni nada del gran don Lope; no era nada y lo era todo, pues le perteneca como una petaca, un mueble o una prenda de ropa, sin que nadie se la pudiera disputar; y ella pareca tan resignada a ser petaca, y siempre petaca...!